Os llaman la Generación X, no entiendo bien por qué. Si es porque planteáis una incógnita y nadie sabe por cuales peteneras saldréis, lo mismo ha sucedido y sucederá con todas las generaciones. Cualquier juventud es un enigma: no por ella misma, sino por la manera siempre incierta que tendrá de reaccionar ante el mundo que reciba. Me molesta que os califiquen de X como a las películas pornográficas. ¿Quién iba a prever, pongo por caso, que la generación de vuestros padres, que prometía villas y Castillas, se quedaría para ella sola con las villas; que prometía el oro y el moro, se quedaría tan aferradamente con el oro? Yo, en principio, no soy nunca partidario de hablar de generaciones. La cronología influye en cuanto que los contemporáneos se encuentran frente al mismo panorama; pero cada uno se comportará de una forma ante él: lo individual es aún lo más importante, y el espectador trasciende el espectáculo. Cada cual es un francotirador que hace la guerra por su cuenta (si es que hace la guerra, y no se ha rendido, abrumado ante la gravedad de los acontecimientos que se le imponen). Y además, ¿puede hablarse ni siquiera de juventud? Lo que os asemeja unos a otros es la edad, y quizá ella no sea un dato esencial: algo hay que está por debajo y por encima, sosteniéndola y abanderándola.

Entre vosotros se percibe tal variedad que os transforma en un caleidoscopio. Unos escriben, pintan, esculpen, componen, edifican, filman, fotografían: son artistas que se esfuerzan en concretar su intimidad más honda a través de un lenguaje de colores, de ritmos, de formas, de volúmenes, de luces que comparten con los demás, y en obtener con ello un modo de entenderse y de solidarizarse por medio del fructífero esperanto del arte. Otros padecen trabajos que no eligieron y que consideran una completa porquería, de la que desean alejarse y no pueden. Otros se plantean cada mañana cómo van a sobrevivir veinticuatro horas más. Otros comprueban que, en las ciudades inventadas para protegerlos, es más fácil traficar con droga que instalar un puestecillo de artesanías o vender camisetas en el metro. Otros, mejor adaptados --0 resignados ya-, ascendieron y se casaron y acaban de comprarse una segunda residencia pagadera en cómodos plazos, y quizá se olvidaron -aunque es pronto para eso- de los encendidos ideales que los alimentaban antes de empezar su sumisa carrera... Bien: ¿dónde está aquí la X? .

No obstante, la mayoría (que os tiñe de un color más o menos uniforme, lo que más os representa y es lo más visible de vosotros) piensa que ser íntegro, y poseer y ser poseído por una relación amorosa gratificante, y tener buenos y sinceros amigos, constituye lo mejor de todo, porque es lo que en realidad permanece y lo que apoya. No el dinero, no el éxito, no la costosa materialización de vanos sueños que alguien -vuestros padres generalmente- soñó usurpando vuestros nombres... La mayoría os echáis a la calle con ropas en que se mezclan modas y armarios correspondientes a varias décadas. La imagen que preferís es la de un antihéroe que se mantiene mediante una labor personal y satisfactoria. Vuestra estética es más sólida que la de vuestros padres hippies, y no relamida como la de los yuppies que fueron vuestros hermanos mayores. Tenéis fe en la fuerza física y moral de los seres humanos, y comenzáis a desconfiar de los ordenadores, con su gélida y dudosa eficacia y sus virus. El trabajo manual no lo juzgáis despreciable, ni hacéis demasiado caso de las prohibiciones, ya de fumar ya de tantas otras cosas, que nos transforman en seres acosados.

No tenéis del futuro una visión optimista, ni siquiera os ilusionáis considerándolo en vuestro poder: vuestras energías os parecen demasiado agobiadas. No sois ni feministas ni machistas, sencillamente porque no sois sexistas: creéis en la amistad más que en el sexo y en el compañerismo sobre todo. Votáis poco en las elecciones, pero no estáis ausentes: os mueve la lucha contra lo deshonesto o lo injusto o lo incomprensible, y os manifestáis, por ejemplo, a favor de la objeción de conciencia o de la insumisión. Descreéis de las grandes palabras: el orden internacional y la aldea global os dejan fríos. Veis con ojos exactos el mundo que se os viene encima: no habéis perdido la humana dimensión, y comprobáis que unos comen y otros se mueren de hambre, que la televisión no pone el universo al alcance de nadie, que hay guerras provocadas, que la fraternidad brilla por su ausencia.. .¿Qué aldea global es ésta?

                    Por eso os quiero sanos, decepcionados y leales. Necesito pensar que crearéis, cada cual en su puesto, un mundo diferente para vuestros hijos. No a vuestra medida -tampoco se hicieron a ella vuestras ropas-, sino a la de vuestro corazón; no a la medida de nuestras posibilidades, sino a la de vuestras esperanzas. No hay mucha gente mayor que confíe en ese futuro luminoso que presiento; yo, sí. Ojalá existiera, en el portón hermético de la muerte, un intersticio por el que pudiera asomarme a la inauguración de vuestro mundo, y bendecirlo. Desde aquí -tan seguro estoy de vosotros-lo hago hoy.

                                                                              Antonio Gala, mayo de 1994.

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