EDUARDO MENDOZA

Negociación  

 

 

 

 

EL PAÍS  -  Última - 17-01-2005

 

 

 

 

Ibarretxe es un político de raza. Sabe que el sentido de la oportunidad a menudo vale más que el contenido de los actos. En consecuencia, ha elegido estas fechas para presentar su plan y para lanzar a los cuatro vientos su irrecusable propuesta de negociación.

En cuanto empiezan las rebajas de enero, el buen consumidor pierde la chaveta. Compra sin tasa, y en especial compra ropa que no necesita, o que necesita pero no es de su talla, o que, incluso con una rebaja de hasta el 50%, vale un dinero del que no puede disponer alegremente. Todo porque una palabra mágica avala su desatino. Como el carnaval en la Edad Media era el periodo destinado al desenfreno, las rebajas son ahora el periodo que el sentido común concede al despilfarro. Mañana, ya veremos.

La oferta especial de Ibarretxe se ajusta a este modelo. Con la palabra negociación, que repite una y otra vez, sólo pretende desinhibir la cautela del comprador ante el producto que nos quiere colocar, porque es obvio que el producto en sí, al menos para Ibarretxe, es innegociable. No se trata de negociar el plan, sino de aceptarlo o atenerse a las consecuencias. La disyuntiva es sí o sí. Lo único negociable es el procedimiento formal y los plazos. A cambio, una posible solución a un problema que, en definitiva, se reduce a la cesación de la violencia armada. De lo demás no se habla. Por supuesto, Ibarretxe no puede garantizar esta contraprestación, puesto que su partido es soberanista, pero está desvinculado de un sector violento que no reconoce ninguna autoridad ni parece dispuesto a entregar las armas. Y aunque el PNV pudiera garantizar que ya no habrá más violencia, esta garantía sólo valdría para España, porque una vez realizada la secesión, lo que pasara en Euskadi sería de su exclusiva incumbencia en virtud del principio de no injerencia en los asuntos internos de otros Estados que consagra la Carta de las Naciones Unidas.

Sin embargo, estamos en enero y estas consideraciones no pueden vencer el reclamo de la palabra mágica: negociación. Con esta fórmula, Ibarretxe confía en que la opinión pública reaccionará como reacciona ante las rebajas el buen consumidor, que harto de gastar mucho, sigue comprando, porque confunde gastar menos con dejar de gastar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MANUEL VICENT

Sólo bombas  

 

 

 

 

EL PAÍS  -  Última - 16-01-2005

 

 

 

 

¿Qué diferencia hay entre poner bombas y bombardear? Muy sencillo: las bombas las ponen los malos, las bombas las arrojan desde los aviones los buenos. Para alcanzar una gloria semejante los buenos y los malos han recorrido caminos muy dispares. Los buenos se han levantado tranquilamente de la cama por la mañana después de un sueño reparador; han desayunado zumo de naranja, café y tostadas; han besado a los niños que se iban al colegio y al bebé adorable que se quedaba en la cuna; luego se han dado una buena ducha y en el espejo del baño, mientras se afeitaban, se ha reflejado su mirada limpia sin rastro de culpa; su mujer les ha despedido con otro beso en el rellano y unos se han ido a trabajar a las oficinas del Gobierno, otros al cuartel, otros a la fábrica de armas. En esas instituciones y empresas del Estado los buenos se han movido entre grandes ideales y palabras sagradas, que serían puro flato si detrás no hubiera cañones, misiles y bombarderos. Cada uno ha cumplido con su deber, bien remunerado, que les permite llenar la cesta de la compra todos los días y llevar de fin de semana a la familia feliz a pescar truchas al río. En cambio, los malos esa misma noche han dormido bajo una convulsa pesadilla en una piltra maloliente y les ha despertado una llamada de teléfono con una contraseña para convocarlos de madrugada en un sótano infame de extrarradio donde otros seres nocturnos, que también están en busca y captura, les esperaban para mezclar sustancias explosivas en unos bidones o cebar un coche robado con ollas repletas de tornillos y dinamita, pero todos tienen por igual la mente deslumbrada y en el hueco del cráneo, como en una campana neumática, les suenan obsesivamente las mismas voces proféticas que oían los redentores y visionarios. El resultado del esfuerzo de los buenos y los malos suele ser parecido y en ambos casos converge en un cúmulo de sangre. Un mismo día, mientras un bombardero de alta precisión, cuyo diseño es un modelo de arte conceptual, lanza un misil equivocado contra un colegio o un hospicio, un coche bomba de aspecto polvoriento estalla en un mercado popular. Cumplido su respectivo ideal, que ha creado una carnicería ambivalente, los malos vuelven a la ratonera y allí celebran el éxito asando un cordero clandestino; los buenos desfilan, reciben medallas, invocan a la patria y después del trabajo llegan a casa y le preguntan a su mujer: ¿ha hecho caquita el niño? Los malos han puesto una bomba, los buenos sólo han bombardeado.